La presencia de Bailando por un sueño en las prácticas educativas cotidianas
“- Chicas, esté trabajo no salió bien.
- ¡Eh, profesora! ¿Quién es? ¿Pachano?”
Términos como “devolución”, “notas”, “evaluación”, “cosas a mejorar y corregir”, “enseñanza”, “técnica”, “especialización”, “aprobar”, “aplazo”, etc. inundan las bocas de los jurados del programa más mirado, espiado, repetido, consumido y masticado de la televisión.
Parece que para la organización de sus discursos evaluadores, los sabiondos de la tv eligen el universo lexical de los docentes cotidianos. Pero si las palabras migran de la escuela a la pantalla, para introducir la voz del maestro portador de conocimiento, también vuelven a su vez resignificadas, por ese atolladero de realidad paralela, esa diégesis panóptica que constituye la empresa Tinelli.
Novela total
Como relata la mítica anécdota de la primera sesión del cinematógrafo de los Hermanos Lumiére, que al proyectar el cortometraje en el que se veía la llegada del tren a la estación, todos los espectadores de la sala salieron corriendo, pensando que el tren se les venía encima; o como sucedía con los villanos del radio teatro, insultados a la salida de las grabaciones por las seguidoras fanáticas del galán y la heroína; también hoy los hombres y mujeres parecen seguir fascinándose y dejándose engañar por esos límites desdibujados entre la realidad y la ficción de la representación.
Arnold Hauser en su Historia Social de la Literatura y el Arte asegura que aquellas pinturas del hombre del paleolítico en las paredes de las cavernas eran parte de un ritual mágico, y que el autor al dibujar, por ejemplo, un venado, consideraba que ya en ese mismo acto de representarlo, lo estaba poseyendo. El venado dibujado y el venado de la realidad tenían la misma carnadura semiótica.
Hoy la tecnología ha superado inconmensurablemente la sangre de animal, la piedra, y las tintas de hierbas del paleolítico. Sin embargo, la carrera hacia la superación mimética y el asombro por las representaciones parece no haber concluido.
¿No es quizás, esa misma ingenuidad originaria, la que nos lleva a preguntarnos cuánto tendrá de verdadero el romance entre Coki y Tinelli?
Es que Showmatch se constituye en una verdadera novela total, en el sentido wagneriano. Todas las escenas pueden ser observadas desde múltiples puntos de vista: la mirada del jurado, los comentarios en bambalinas, la opinión del camarógrafo, los participantes que ganaron y los que perdieron, un fanático de la tribuna, la señora del catering.
Y todo se repite incansablemente en los diferentes programas especializados en el Mundo Tinelli, que analizan y psicoanalizan a todas las partes implicadas en los conflictos televisivos –que en muchos casos se trasladan a verdaderas cartas-documento e inicio de juicios por calumnias e injurias- Es así como, de modo simultáneo, podemos ver en el programa de Viviana Canosa a Aníbal Pachano furioso, insultando a Graciela Alfano y, en el programa de la competencia, podemos ver a Graciela Alfano llorando por las injurias que Pachano le dijo antes, ahora o mañana. Si somos hábiles para zappinear, podemos reconstruir el diálogo entre ellos (que de hecho saben y hasta responden –celebridad y conductor- lo que su opositor está diciendo en ese mismo momento en el canal contrario.)
En un pesadillesco Aleph de farándula, en otros varios programas, canales de cable y páginas web, podemos ver la crítica de la crítica a los chimenteros eje, Rial (que oficia de mafioso de barrio, presionando a los famosos con promesas y amenazas dichas al aire por la mitad, para generar más suspenso que miedo) y Canosa (que con su cabellera roja emula a Lucifer, el ángel disidente que antes trabajara para su actual enemigo)
Como si esto fuera poco, en los programas pseudointelectuales de la noche, como TVR o RSM, aún podemos ver “la crítica política”, centrada en develar las contradicciones en los discursos del conductor, los bailarines, los soñadores, los panelistas, los chimenteros y hasta el público, como si la contradicción estuviera en las particularidades y no en el mismo sistema, del que estos programas forman parte.
Un caso especial es “Este es el show”, el programa satélite de Showmatch generado por el mismo Showmatch. Por ser producido por la misma empresa, los periodistas de este programa cuentan con “imágenes exclusivas” de los comentarios de los participantes y del mismo jurado, en el momento de la evaluación. Y, si hay algo que no se llega a escuchar, les leen los labios y colocan subtítulos, para que no nos perdamos nada de lo dicho, en una supuesta privacidad –la decisión de quién sigue o quién se va del concurso- que debería ser preservada. Después de pasar estas imágenes, el periodista del programa repite sin parar “¡qué logro de producción!”, como si hubieran conseguido imágenes de una leona pariendo en plena selva africana, cuando lo único que hicieron fue acercarse al estudio pegado al lugar en el que trabajan.
Lo interesante es que, hasta el año pasado, todos los personajes, participantes, periodistas, y hasta el mismo público, consensuaba en ocultar el hecho de que varios de los programas de Showmatch están grabados. Este año, la producción maquiavélica parece haber descubierto que, en realidad, si todo está expuesto, ¿por qué mantener ese ínfimo secreto? Es así como ahora “Este es el show” no se limita a reproducir lo-que- ya-ha-sucedido en el programa eje, sino que además muestra lo-que-está-por-venir: adelanta, publicita, profetiza lo que veremos al día siguiente. Fascinante metáfora de la omnipresencia.
Alfred Hitchcock sostiene que el suspenso no radica en que el espectador sepa lo mismo que el personaje, y se asuste junto con él al encontrar un monstruo detrás de la puerta. Hitchcock afirma que el suspenso mayor se crea cuando el espectador sabe que debajo de la mesa sobre la que los personajes charlan lo más tranquilamente, alguien colocó una bomba que está a punto de explotar. Inspirado en Hitchchcok o no, ahora podemos regodearnos viendo Showmatch, conociendo la disputa que está a punto de estallar, mientras los personajes todavía no lo saben.
No hay enunciación única (¿o si?): todas las escenas quedan dichas, un escenario tras otro, una versión y su contraria, en una infinidad de links desplegables.
Aún si quisiéramos, podríamos agregarle al macrorelato un plus de realidad, comunicándonos por twitter con los famosos, yendo al teatro a escuchar el monólogo de un personaje dedicado a otro, o esperar a Ricardo Fort a la salida de su espectáculo, e increparlo para pedirle que vuelva con su ex novia.
Y quizás, hasta algo de ese modo de hiper-representación lo desplacemos a nuestra vida diaria, en el uso de redes sociales como twitter y facebook, en las que muchos buscan construir un gran relato de todos los detalles de su hacer cotidiano, espiando a su vez por horas, las ocupaciones y fotos de ex compañeros de la primaria, profesores, parientes y hasta al chico del delivery, hasta descubrir con quien se casó el noviecito de la secundaria que no configuró bien la privacidad de su perfil y se le ven todas las fotos del álbum “Boda” y el muro.
Docentes y jurados
La identidad de los “jurados” de Bailando por un sueño fue variando desde que comenzó el programa hace siete años, pero siempre se mantuvieron algunos roles fijos:
- la emotiva: en general, es el rol que cumple la vedette retro (Zulma Faiad, Graciela Alfano), de dudoso talento y un poco ida, que siempre habla primero, mete la pata, y el resto adhiere o no según convenga. Su estrategia de evaluación es dejarse llevar por “la emoción”, lo que haya sentido en ese momento al ver a los bailarines. Valora cuestiones extra-baile, como el estado de ánimo, o su simpatía o enfrentamiento con los participantes. Encarna también “la voz del pueblo”, “lo que a la gente le gusta”.
- el exigente: basa su conocimiento en su saber académico, como era el caso de Lafauci, profesor de letras, y como es el caso de Pachano, que no proviene del teatro comercial sino del teatro under, lo que sería para el medio artístico también un “saber académico”. Su nota nunca es mayor a 7 u 8, como si profesara aquel antiguo lema “el 10 es sólo para Dios, el 9 es para mí”
- el especialista: mientras el exigente “no se sabe de dónde salió”, el especialista es el reconocido por los medios como tal. Tiene una escuela de danzas, o da clases hace mucho tiempo, o es un coreógrafo o bailarín legitimado.
- el experimentado: es el de mayor edad, y el que habla último, para poder repetir lo que dijeron los otros en caso de apuro. Son sus años y su “trayectoria” los que avalan su lugar en el jurado.
- el arbitrario: este rol se inauguró este año, con la incorporación de Ricardo Fort al panteón. Él cumple el rol del excéntrico, que nunca se sabe “para qué lado va a disparar”, a veces se pone del lado de uno, a veces de otro, a veces le gustan unas cosas, a veces no. Su conocimiento lo basa no en su trayectoria como artista sino en su “experiencia de mundo”, “la escuela de la vida”.
Quizás podamos reconocer en estos roles a alguno de nuestros compañeros, a alguno de nuestros profesores más entrañables, o a nosotros mismos.
Inevitable me parece la comparación entre este jurado que intenta enseñar, evaluar y puntuar, con la labor docente. Sin embargo, habrá que preguntarse qué idea de maestro es la que aparece en el discurso televisivo.
Aunque el verdadero proceso educativo de los bailarines es el que se sucede entre ellos y los coach (los profesores que arman las coreografías y los entrenan), es también el que más permanece oculto. En los primeros años del programa, podían verse imágenes de los ensayos, ahora sólo nos presentan el producto final, juzgado, criticado y puntuado en el momento de la mostración. Y los coach silenciosos, ajenos a la disputa, a la reflexión y al conocimiento, aseveran moviendo la cabeza ante las sanciones inacabables de los incuestionables jueces, “que para algo son jueces, y saben más que ellos”.
Es que la idea de profesor-jurado que (re)presenta Bailando por un sueño es la del docente conductista, hermético y sabelotodo, al que los alumnos-participantes escuchan y obedecen, por temor a sus represalias (que en el caso del programa, es algo más que reprobar una materia: es perder el trabajo)
Sin embargo, todos manifiestan y admiten también las falencias de los jueces: la no valoración del esfuerzo, los favoritismos, la ausencia de un reglamento claro, los premios y los castigos arbitrarios, la incoherencia en la evaluación, el desconocimiento de la disciplina.
Pero, es que aunque los mecanismos estén intencionalmente a la vista y desarmados por el mismo Bailando y sus programas-prolongaciones, la reproducción continúa, burocrática, simbólica: por algo están allí, por algo son el jurado, luego, seguimos necesitando ser juzgados.
La obscenidad de la mostración de la incoherencia del mismo sistema, lejos de develar su inutilidad lo único que evidencia es su condición inquebrantable.
Si el ejercicio del poder hegemónico, en términos gramscianos, necesita de un margen de consenso de los oprimidos, en el Mundo Tinelli, todos protestan y simulan escapar-renunciar, para seguir asegurando el buen estado de la trama.
Y cuando alguna participante temperamental intenta llevar un poco más allá su crítica prevista, una buena nota a su baile en el momento preciso da fin a la imposible revuelta.
Sin embargo, habría que preguntarse, si esta idea de maestro ciruela legitimada por el show, tiene alguna conexión con el rol del docente, esperado y legitimado en la realidad cotidiana.
Y habría que preguntarse también si el movimiento dialéctico inverso se produce, y si en algún sentido, las prácticas educativas cotidianas se ven influenciadas por las representaciones de la televisión.
Soy Graciela Alfano
Entrar al aula junto a otros profesores, observar/escuchar la performance de los alumnos, hacerles preguntas y una devolución de lo presentado, ponerles un puntaje al terminar. Muchas veces no puedo dejar de vincular la dinámica de los exámenes finales con la estructura de Bailando por un sueño, ni dejar de sentirme Graciela Alfano cuando empiezo a elaborar mi discurso evaluador.
Hay algo del programa de Tinelli que inevitablemente se filtra en las instancias de examen, y a veces los alumnos lo manifiestan explícitamente, al compararnos con uno u otro jurado de la televisión.
Algo así se suele experimentar también en los concursos docentes para tomar horas en educación superior. En el último que participé, nos habíamos postulado cinco profesores al cargo, tres fueron desaprobados y, quedando sólo una compañera y yo para la instancia final, no pude evitar decirle: ahora deberíamos ir al voto telefónico.
Es que quizás el programa de Tinelli, con sus modos de representación pantofágicos, arroje luz sobre dos aspectos importantes del sistema educativo contemporáneo.
Uno es el de la figura del docente. En la actualidad, maestros y profesores transitan el aula, tratando de construir un rol que tenga en cuenta los saberes previos, los intereses, las preguntas y la voz de sus alumnos. Sin embargo, también es inevitable la presencia del docente tradicional, portador de todo el conocimiento y de toda la autoridad, al que muchas veces los profesores recurren, o quisieran recurrir, “para poner un poco de orden en la clase”.
Pero el pedido por el docente conductista, no aparece solo en la búsqueda de solución rápida al caos áulico, ni por las añoranzas de la escuela de otros tiempos, sino también por el reclamo repetido de muchos otros que no son docentes. Más de una vez podemos escuchar: “¿por qué no puede dominar a los chicos? ¿no se supone que estudió para eso?”
Y también, muchas veces, cuando observamos o participamos en clases dictadas por personas que realizan actividades vinculadas a la enseñanza, pero que no tienen una formación docente (el chico del gimnasio, la profesora de danzas árabes, el catecista), su modo de apropiarse del rol es, justamente, recurrir a la figura tradicional, todos callados y se hace lo que yo digo.
Porque permanentemente se dice que la figura y la práctica docente está deslegitimada. Sin embargo, en los discursos cotidianos, no se espera que el docente se legitime con una pedagogía freireana, sino que pueda volver a ejercer, con estos chicos, el rol del pasado.
Porque la escuela no sólo está en la escuela. Y eso evidencia el Bailando, con sus jurados autoritarios, legitimados por el show, y por el espectador.
El otro aspecto del sistema educativo sobre el que nos obliga a reflexionar el programa de Tinelli es el de la evaluación; un aspecto que se desprende del primero, ya que la evaluación pareciera ser el lugar de mayor aglutinación de sentido de las prácticas educativas tradicionales.
En el programa televisivo el puntaje y la evaluación son las herramientas más importantes, ya que son las que definen quién bailó mejor, quién peor, quién sigue bailando, quién vuelve a su casa. Todo el concurso se organiza en función de la evaluación del jurado.
Sin embargo, como ya mencionamos antes, el mismo programa muestra y explicita que la evaluación es pura arbitrariedad: los jurados puntúan con diferente criterio a uno y a otro; si la producción lo desea puede hacer volver a quién ya se fue del certamen, etc.
En la escuela, la evaluación también es el lugar en el que se atrinchera el sentido, pero, al mismo tiempo, la contradicción. El maestro intenta correrse del lugar narcisista, aplicar una pedagogía constructivista, asumirse facilitador del aprendizaje. Pero debe tomar exámen.
La evaluación es artificiosa: instala la diferencia con el alumno. Sin embargo, así mismo y por lo mismo, es el lugar de la verdad: al evaluar, el profesor ejerce su rol, recuerda –el alumno y él- su lugar de poder
En el Bailando, en cambio, todo es espectáculo. Pero, por eso mismo, evidencia desde el inicio, la vacuidad de la evaluación.
“- Chicas, esté trabajo no salió bien.
- ¡Eh, profesora! ¿Quién es? ¿Pachano?”
Términos como “devolución”, “notas”, “evaluación”, “cosas a mejorar y corregir”, “enseñanza”, “técnica”, “especialización”, “aprobar”, “aplazo”, etc. inundan las bocas de los jurados del programa más mirado, espiado, repetido, consumido y masticado de la televisión.
Parece que para la organización de sus discursos evaluadores, los sabiondos de la tv eligen el universo lexical de los docentes cotidianos. Pero si las palabras migran de la escuela a la pantalla, para introducir la voz del maestro portador de conocimiento, también vuelven a su vez resignificadas, por ese atolladero de realidad paralela, esa diégesis panóptica que constituye la empresa Tinelli.
Novela total
Como relata la mítica anécdota de la primera sesión del cinematógrafo de los Hermanos Lumiére, que al proyectar el cortometraje en el que se veía la llegada del tren a la estación, todos los espectadores de la sala salieron corriendo, pensando que el tren se les venía encima; o como sucedía con los villanos del radio teatro, insultados a la salida de las grabaciones por las seguidoras fanáticas del galán y la heroína; también hoy los hombres y mujeres parecen seguir fascinándose y dejándose engañar por esos límites desdibujados entre la realidad y la ficción de la representación.
Arnold Hauser en su Historia Social de la Literatura y el Arte asegura que aquellas pinturas del hombre del paleolítico en las paredes de las cavernas eran parte de un ritual mágico, y que el autor al dibujar, por ejemplo, un venado, consideraba que ya en ese mismo acto de representarlo, lo estaba poseyendo. El venado dibujado y el venado de la realidad tenían la misma carnadura semiótica.
Hoy la tecnología ha superado inconmensurablemente la sangre de animal, la piedra, y las tintas de hierbas del paleolítico. Sin embargo, la carrera hacia la superación mimética y el asombro por las representaciones parece no haber concluido.
¿No es quizás, esa misma ingenuidad originaria, la que nos lleva a preguntarnos cuánto tendrá de verdadero el romance entre Coki y Tinelli?
Es que Showmatch se constituye en una verdadera novela total, en el sentido wagneriano. Todas las escenas pueden ser observadas desde múltiples puntos de vista: la mirada del jurado, los comentarios en bambalinas, la opinión del camarógrafo, los participantes que ganaron y los que perdieron, un fanático de la tribuna, la señora del catering.
Y todo se repite incansablemente en los diferentes programas especializados en el Mundo Tinelli, que analizan y psicoanalizan a todas las partes implicadas en los conflictos televisivos –que en muchos casos se trasladan a verdaderas cartas-documento e inicio de juicios por calumnias e injurias- Es así como, de modo simultáneo, podemos ver en el programa de Viviana Canosa a Aníbal Pachano furioso, insultando a Graciela Alfano y, en el programa de la competencia, podemos ver a Graciela Alfano llorando por las injurias que Pachano le dijo antes, ahora o mañana. Si somos hábiles para zappinear, podemos reconstruir el diálogo entre ellos (que de hecho saben y hasta responden –celebridad y conductor- lo que su opositor está diciendo en ese mismo momento en el canal contrario.)
En un pesadillesco Aleph de farándula, en otros varios programas, canales de cable y páginas web, podemos ver la crítica de la crítica a los chimenteros eje, Rial (que oficia de mafioso de barrio, presionando a los famosos con promesas y amenazas dichas al aire por la mitad, para generar más suspenso que miedo) y Canosa (que con su cabellera roja emula a Lucifer, el ángel disidente que antes trabajara para su actual enemigo)
Como si esto fuera poco, en los programas pseudointelectuales de la noche, como TVR o RSM, aún podemos ver “la crítica política”, centrada en develar las contradicciones en los discursos del conductor, los bailarines, los soñadores, los panelistas, los chimenteros y hasta el público, como si la contradicción estuviera en las particularidades y no en el mismo sistema, del que estos programas forman parte.
Un caso especial es “Este es el show”, el programa satélite de Showmatch generado por el mismo Showmatch. Por ser producido por la misma empresa, los periodistas de este programa cuentan con “imágenes exclusivas” de los comentarios de los participantes y del mismo jurado, en el momento de la evaluación. Y, si hay algo que no se llega a escuchar, les leen los labios y colocan subtítulos, para que no nos perdamos nada de lo dicho, en una supuesta privacidad –la decisión de quién sigue o quién se va del concurso- que debería ser preservada. Después de pasar estas imágenes, el periodista del programa repite sin parar “¡qué logro de producción!”, como si hubieran conseguido imágenes de una leona pariendo en plena selva africana, cuando lo único que hicieron fue acercarse al estudio pegado al lugar en el que trabajan.
Lo interesante es que, hasta el año pasado, todos los personajes, participantes, periodistas, y hasta el mismo público, consensuaba en ocultar el hecho de que varios de los programas de Showmatch están grabados. Este año, la producción maquiavélica parece haber descubierto que, en realidad, si todo está expuesto, ¿por qué mantener ese ínfimo secreto? Es así como ahora “Este es el show” no se limita a reproducir lo-que- ya-ha-sucedido en el programa eje, sino que además muestra lo-que-está-por-venir: adelanta, publicita, profetiza lo que veremos al día siguiente. Fascinante metáfora de la omnipresencia.
Alfred Hitchcock sostiene que el suspenso no radica en que el espectador sepa lo mismo que el personaje, y se asuste junto con él al encontrar un monstruo detrás de la puerta. Hitchcock afirma que el suspenso mayor se crea cuando el espectador sabe que debajo de la mesa sobre la que los personajes charlan lo más tranquilamente, alguien colocó una bomba que está a punto de explotar. Inspirado en Hitchchcok o no, ahora podemos regodearnos viendo Showmatch, conociendo la disputa que está a punto de estallar, mientras los personajes todavía no lo saben.
No hay enunciación única (¿o si?): todas las escenas quedan dichas, un escenario tras otro, una versión y su contraria, en una infinidad de links desplegables.
Aún si quisiéramos, podríamos agregarle al macrorelato un plus de realidad, comunicándonos por twitter con los famosos, yendo al teatro a escuchar el monólogo de un personaje dedicado a otro, o esperar a Ricardo Fort a la salida de su espectáculo, e increparlo para pedirle que vuelva con su ex novia.
Y quizás, hasta algo de ese modo de hiper-representación lo desplacemos a nuestra vida diaria, en el uso de redes sociales como twitter y facebook, en las que muchos buscan construir un gran relato de todos los detalles de su hacer cotidiano, espiando a su vez por horas, las ocupaciones y fotos de ex compañeros de la primaria, profesores, parientes y hasta al chico del delivery, hasta descubrir con quien se casó el noviecito de la secundaria que no configuró bien la privacidad de su perfil y se le ven todas las fotos del álbum “Boda” y el muro.
Docentes y jurados
La identidad de los “jurados” de Bailando por un sueño fue variando desde que comenzó el programa hace siete años, pero siempre se mantuvieron algunos roles fijos:
- la emotiva: en general, es el rol que cumple la vedette retro (Zulma Faiad, Graciela Alfano), de dudoso talento y un poco ida, que siempre habla primero, mete la pata, y el resto adhiere o no según convenga. Su estrategia de evaluación es dejarse llevar por “la emoción”, lo que haya sentido en ese momento al ver a los bailarines. Valora cuestiones extra-baile, como el estado de ánimo, o su simpatía o enfrentamiento con los participantes. Encarna también “la voz del pueblo”, “lo que a la gente le gusta”.
- el exigente: basa su conocimiento en su saber académico, como era el caso de Lafauci, profesor de letras, y como es el caso de Pachano, que no proviene del teatro comercial sino del teatro under, lo que sería para el medio artístico también un “saber académico”. Su nota nunca es mayor a 7 u 8, como si profesara aquel antiguo lema “el 10 es sólo para Dios, el 9 es para mí”
- el especialista: mientras el exigente “no se sabe de dónde salió”, el especialista es el reconocido por los medios como tal. Tiene una escuela de danzas, o da clases hace mucho tiempo, o es un coreógrafo o bailarín legitimado.
- el experimentado: es el de mayor edad, y el que habla último, para poder repetir lo que dijeron los otros en caso de apuro. Son sus años y su “trayectoria” los que avalan su lugar en el jurado.
- el arbitrario: este rol se inauguró este año, con la incorporación de Ricardo Fort al panteón. Él cumple el rol del excéntrico, que nunca se sabe “para qué lado va a disparar”, a veces se pone del lado de uno, a veces de otro, a veces le gustan unas cosas, a veces no. Su conocimiento lo basa no en su trayectoria como artista sino en su “experiencia de mundo”, “la escuela de la vida”.
Quizás podamos reconocer en estos roles a alguno de nuestros compañeros, a alguno de nuestros profesores más entrañables, o a nosotros mismos.
Inevitable me parece la comparación entre este jurado que intenta enseñar, evaluar y puntuar, con la labor docente. Sin embargo, habrá que preguntarse qué idea de maestro es la que aparece en el discurso televisivo.
Aunque el verdadero proceso educativo de los bailarines es el que se sucede entre ellos y los coach (los profesores que arman las coreografías y los entrenan), es también el que más permanece oculto. En los primeros años del programa, podían verse imágenes de los ensayos, ahora sólo nos presentan el producto final, juzgado, criticado y puntuado en el momento de la mostración. Y los coach silenciosos, ajenos a la disputa, a la reflexión y al conocimiento, aseveran moviendo la cabeza ante las sanciones inacabables de los incuestionables jueces, “que para algo son jueces, y saben más que ellos”.
Es que la idea de profesor-jurado que (re)presenta Bailando por un sueño es la del docente conductista, hermético y sabelotodo, al que los alumnos-participantes escuchan y obedecen, por temor a sus represalias (que en el caso del programa, es algo más que reprobar una materia: es perder el trabajo)
Sin embargo, todos manifiestan y admiten también las falencias de los jueces: la no valoración del esfuerzo, los favoritismos, la ausencia de un reglamento claro, los premios y los castigos arbitrarios, la incoherencia en la evaluación, el desconocimiento de la disciplina.
Pero, es que aunque los mecanismos estén intencionalmente a la vista y desarmados por el mismo Bailando y sus programas-prolongaciones, la reproducción continúa, burocrática, simbólica: por algo están allí, por algo son el jurado, luego, seguimos necesitando ser juzgados.
La obscenidad de la mostración de la incoherencia del mismo sistema, lejos de develar su inutilidad lo único que evidencia es su condición inquebrantable.
Si el ejercicio del poder hegemónico, en términos gramscianos, necesita de un margen de consenso de los oprimidos, en el Mundo Tinelli, todos protestan y simulan escapar-renunciar, para seguir asegurando el buen estado de la trama.
Y cuando alguna participante temperamental intenta llevar un poco más allá su crítica prevista, una buena nota a su baile en el momento preciso da fin a la imposible revuelta.
Sin embargo, habría que preguntarse, si esta idea de maestro ciruela legitimada por el show, tiene alguna conexión con el rol del docente, esperado y legitimado en la realidad cotidiana.
Y habría que preguntarse también si el movimiento dialéctico inverso se produce, y si en algún sentido, las prácticas educativas cotidianas se ven influenciadas por las representaciones de la televisión.
Soy Graciela Alfano
Entrar al aula junto a otros profesores, observar/escuchar la performance de los alumnos, hacerles preguntas y una devolución de lo presentado, ponerles un puntaje al terminar. Muchas veces no puedo dejar de vincular la dinámica de los exámenes finales con la estructura de Bailando por un sueño, ni dejar de sentirme Graciela Alfano cuando empiezo a elaborar mi discurso evaluador.
Hay algo del programa de Tinelli que inevitablemente se filtra en las instancias de examen, y a veces los alumnos lo manifiestan explícitamente, al compararnos con uno u otro jurado de la televisión.
Algo así se suele experimentar también en los concursos docentes para tomar horas en educación superior. En el último que participé, nos habíamos postulado cinco profesores al cargo, tres fueron desaprobados y, quedando sólo una compañera y yo para la instancia final, no pude evitar decirle: ahora deberíamos ir al voto telefónico.
Es que quizás el programa de Tinelli, con sus modos de representación pantofágicos, arroje luz sobre dos aspectos importantes del sistema educativo contemporáneo.
Uno es el de la figura del docente. En la actualidad, maestros y profesores transitan el aula, tratando de construir un rol que tenga en cuenta los saberes previos, los intereses, las preguntas y la voz de sus alumnos. Sin embargo, también es inevitable la presencia del docente tradicional, portador de todo el conocimiento y de toda la autoridad, al que muchas veces los profesores recurren, o quisieran recurrir, “para poner un poco de orden en la clase”.
Pero el pedido por el docente conductista, no aparece solo en la búsqueda de solución rápida al caos áulico, ni por las añoranzas de la escuela de otros tiempos, sino también por el reclamo repetido de muchos otros que no son docentes. Más de una vez podemos escuchar: “¿por qué no puede dominar a los chicos? ¿no se supone que estudió para eso?”
Y también, muchas veces, cuando observamos o participamos en clases dictadas por personas que realizan actividades vinculadas a la enseñanza, pero que no tienen una formación docente (el chico del gimnasio, la profesora de danzas árabes, el catecista), su modo de apropiarse del rol es, justamente, recurrir a la figura tradicional, todos callados y se hace lo que yo digo.
Porque permanentemente se dice que la figura y la práctica docente está deslegitimada. Sin embargo, en los discursos cotidianos, no se espera que el docente se legitime con una pedagogía freireana, sino que pueda volver a ejercer, con estos chicos, el rol del pasado.
Porque la escuela no sólo está en la escuela. Y eso evidencia el Bailando, con sus jurados autoritarios, legitimados por el show, y por el espectador.
El otro aspecto del sistema educativo sobre el que nos obliga a reflexionar el programa de Tinelli es el de la evaluación; un aspecto que se desprende del primero, ya que la evaluación pareciera ser el lugar de mayor aglutinación de sentido de las prácticas educativas tradicionales.
En el programa televisivo el puntaje y la evaluación son las herramientas más importantes, ya que son las que definen quién bailó mejor, quién peor, quién sigue bailando, quién vuelve a su casa. Todo el concurso se organiza en función de la evaluación del jurado.
Sin embargo, como ya mencionamos antes, el mismo programa muestra y explicita que la evaluación es pura arbitrariedad: los jurados puntúan con diferente criterio a uno y a otro; si la producción lo desea puede hacer volver a quién ya se fue del certamen, etc.
En la escuela, la evaluación también es el lugar en el que se atrinchera el sentido, pero, al mismo tiempo, la contradicción. El maestro intenta correrse del lugar narcisista, aplicar una pedagogía constructivista, asumirse facilitador del aprendizaje. Pero debe tomar exámen.
La evaluación es artificiosa: instala la diferencia con el alumno. Sin embargo, así mismo y por lo mismo, es el lugar de la verdad: al evaluar, el profesor ejerce su rol, recuerda –el alumno y él- su lugar de poder
En el Bailando, en cambio, todo es espectáculo. Pero, por eso mismo, evidencia desde el inicio, la vacuidad de la evaluación.
excelente análisis sobre la evaluación. Merece una reflexión...
ResponderSuprimirGracias Yanina! después de ver tanto Tinelli, traté de hacer algo productivo, jaj! beso
ResponderSuprimirMuy buen analisis, aunque me supera en lo que al aspecto cinematografico se refiere, debido a mi ignorancia al respecto.
ResponderSuprimirEn cuanto a la evaluacion, es cierto que en el bailando y en muchos casos, el docente intenta volver al lugar de poder (que genera saber a los dichos de Foucalt)...pero no en todos, existe un minimo de docentes que intenta ver el todo en el alumno y no solo la suma de sus partes. Una vez un ex profesor mio me dijo: esto del constructivismo falla en la evaluacion... no lo creo. Existe una evaluacion no conductista que es mucho mas trabajosa para el docente que la tradicional, y existen docentes que la aplican... claro que trabajando 50 horas semanales, al docente secundario se le complica, pero eso es cosa de otro debate. Cariños. Alejandra Deriard
Hola Alejandra, gracias por el comentario! Es tal cual como decís, es difícil a veces encontrar un modo de evaluación que coincida con la propuesta didáctica de la cursada, y que no parezca que uno se convirtió en otra persona en el momento de tomar exámen. Y también es cierto que muchos docentes aplican buenas estrategias de evaluación, aunque muchas veces después no son tan legitimadas como las tradicionales, sobre todo por parte de los alumnos!
ResponderSuprimirun beso grande
Entre nos, yo sé que todo este texto es para poner semejanzas entre vos y la Alfano. Me acuerdo que me lo dijiste un mediodía de lluvia saliendo de un chino "soy como la Alfano".
ResponderSuprimirPor otro lado es como dice la Ludmer, llegó la postautonomía, y parece que no respeta ninguna esfera...El otro día me contaron que la obra de teatro de Fort ("Fortuna") es todo el tiempo cita o intertexto de los programas de chimentos. Si no ves los chimentos hay partes enteras de la obra que no vas a entender, y a la vez es una obra que cambia todos los días, de acuerdo a lo que pasó en los programas de chimentos.
Buenos, besos!!!
Me contaron, me contaron!¿seguro que no fuiste a ver la obra de Fort? jaj.
ResponderSuprimirbeso Vale!
Sí viste, "me contó un amigo que le pasó a un amigo de él"...cuak
ResponderSuprimirAhora en serio, el que me contó que fué a ver "Fortuna" fue mi profe Ruben Szuchmacher,tomá mate!
Luego de leer este análisis nos gustaría darte una devolución ...
ResponderSuprimirEs un SUPEEER , SUPEEER 10 !!!
Besos. Leo y Dani.
super diez! y sin bailar en el caño! jaj gracias chicos, besos!
ResponderSuprimirszuchmacher! já! nunca lo hubiera pensado...
ResponderSuprimirEl artículo completo de Eliana Mariano, en su blog Textos críticos.
ResponderSuprimirMe gusta porque logra interpretar el pulpo improfanable que construye Tinelli con Bailando por un sueño y su proliferación de palabras vanas. Así, Eliana reaviva la posibilidad de realizar crítica cultural, crítica y no prejuiciosa, atenta a la estructura, a las representaciones socio-culturales, a las significaciones que transmiten; todos los programas que, a simple vista, parecen girar en torno al vacío y a la repetición. Y sin embargo... todavía se puede profanar lo improfanable... http://golosinacanibal.blogspot.com/2010/09/profanar-lo-improfanable.html
Jose Maria Muscari
ResponderSuprimir"me parecio muy buena tu mirada
te felicito
un beso grande
jose"
..