
“Evidentemente, existen grandes diferencias entre los cuentos de hadas y los sueños. Por ejemplo, en el sueño, la realización de los deseos está a menudo disfrazada, mientras que, en los cuentos, aquéllos se expresan abiertamente. En cierto modo, los sueños son el resultado de pulsiones internas que no han encontrado alivio de problemas que acosan a una persona, y para los que ni ésta ni los sueños hallan solución alguna. El cuento de hadas hace exactamente lo contrario: proyecta el alivio de todas las pulsiones, y ofrece, no sólo los modos de solucionarlas, sino que promete, además, que se encontrará una solución ‘feliz’” (Bettelheim, Bruno, Psicoanálisis de los cuentos de hadas, Editorial Crítica, Barcelona, 1979)
Holly, el personaje de Audrey Hepburn en “Desayuno en Tiffany’s” es una chica encantadora, algo libertina –pero de moral bien establecida- a la que le gustan mucho los chicos y que con su espontaneidad y aires de brillante falso, logra cautivar al escritor que la descubre.
Si bien “la única pertenencia de Holly es un gato sin nombre”, el personaje se las ingenia de todos modos para estar siempre impecable y lujosamente vestida.
Desayunar un café y una dona de parada frente a las vidrieras de Tiffnay’s,-único hábito que logra aliviarla en sus días negros, “porque nada malo puede ocurrir en Tiffany’s”-, da cuenta de su innato instinto para las cosas bellas. Tiffany’s aparece como aquel espacio conocido, en donde, como diría Beatriz Sarlo en relación al shopping, “nadie, excepto un niño pequeño, podría perderse”, y donde además, “todos están incluidos”, tanto el rico, que puede hacer uso allí de sus posibilidades consumistas, como el pobre, que puede guarecerse en sus democráticas instalaciones.
Aunque Holly, cuando no tiene dinero, -como lo vemos en los créditos del film- solamente se atreve a mirar Tiffany’s a través de los vidrios. Será recién al conocer al escritor, y éste se ofrezca a regalarle alguna alhaja que valga menos de 10 dólares, que ambos personajes ingresarán al fantástico mundo de la joyería, pero sólo para adquirir finalmente el servicio de grabar sus nombres en un anillo de hojalata.
El personaje de Holly sabe equilibrar minuciosamente su condición humilde, su gusto por la moda y su elegancia innata. Todo lo que viste se convierte en luz, y toda vereda, vidriera o pared que roza, se convierte en icono de diamante; la misma ciudad se contagia de sus glitz cinematográficos.
Holly sabe equilibrar bien todo, bohemia, chicos y lujo, lo suficientemente bien para que cualquier otra espectadora de condición humilde se anime a creer, como en los cuentos, que también puede vestirse así de bien.
Cosmopolitan, Manolo Blahnik, Vivianne Westwood, Dior, Apple, Vogue, Oscar de la Renta, Tiffany’s, Mc Donalds, Jimmy Choo, Café de Starbuks.
Una lista interminable de objetos imposibles que, arman un mapa, el mapa de una ciudad, New York, una tierra mágica (si no fuera por el atentado de las Torres Gemelas, claro. Aunque quien sabe…) Y una heroína flaneur que la recorre, inscribiendo en su recorrido las reglas de lo in y lo out.
Como Holly, Carrie Bradshaw tiene un don fantástico, inexplicable: conservar la condición impoluta de la mujer humilde, pero poder hacer uso de todos los lujos de una mujer pudiente. Es decir, obtener todos los beneficios del dinero, pero sin tener que pasar por la culpa de poseerlo.
Y sin tener que atravesar tampoco el sacrificio de ganarlo, ya que el único trabajo que se le conoce es el de su columna en el diario, columna que “se escribe sola’, ya que sus notas no son sino una autobiografía de lo que le sucede a ella y sus amigas. Un trabajo que le permite además, salir de paseo todas las noches a los lugares más exclusivos de Manhattan.
De algún modo mágico, Carrie adquiere todas las cosas que desea. Y quizás sea allí donde se inscribe la fantasía de la espectadora: imaginar comprar sin control, sin culpa, sin preocuparse por el dinero.
Los zapatos son el objeto más paradigmático de todo el repertorio Bradshaw. Pero no sólo por su historia sado-fetiche, sino también por su protagonismo simbólico en el cuento de Cenicienta: el objeto perdido, el zapatito de cristal que le permite al príncipe encontrar a la princesa detrás de los harapos.
La referencia al clásico de Perrault se explicita en la primera película de Sex and the City: Carrie le lee el cuento a la hija de Charlotte (la nueva generación), la niña le regala para San Valentín una tarjeta con la imagen de Cenicienta (ha internalizado el mensaje: “los cuentos pueden hacerse realidad”); Carrie se reencuentra con su amor Big cuando va a buscar los Manolo Blahnik que dejó olvidados, y él le pide casamiento colocándole un zapato.
Así como los objetos lujosos parecen llegar mágicamente a las manos de Carrie como si un hada madrina los hubiera colocado en su guardarropas, sin tener que pasar por el polvo del trabajo (si no es polvo de estrellas), ni por la acusación social de quedarse con la porción más grande del chessecake, también en la representación del sexo en Sex and the city, aparece la idea de poder tener amantes ilimitados sin culpas ni conflictos.
Sexo sexo sexo. El aviso se ofrece ya desde el nombre de la serie-películas. Si hay algún mensaje de militancia feminista en este producto, es el del libre disfrute del sexo.
Es cierto que en muchos de los capítulos de la serie el conflicto gira en torno a un problema sexual, y en la primera película Miranda rompe su relación con Steve porque ellos pasaron seis meses sin tener relaciones y él la engaño con otra mujer. Sin embargo, nunca el sexo se presenta como amenaza, en ningún sentido. En realidad, el único conflicto que aparece es “no pasarla bien” – pero no por una posible violencia, por ejemplo, sino por torpeza del amante-
“El cuerpo del héroe del cuento de hadas puede llevar a cabo verdaderos milagros. Al identificarse con él el niño puede compensar con su fantasía, y a través de la identificación, todo los déficits, reales o imaginarios, de su propio cuerpo. Puede tener la fantasía de que también él, al igual que el héroe, es capaz de subir hasta el cielo, derribar gigantes, de cambiar de apariencia, de convertirse en la persona más poderosa o hermosa del mundo; en resumen, puede hacer que su cuerpo sea y haga todo lo que él desee”
Tal como afirma Bethelheim, los cuentos permiten a los niños identificarse con el héroe, cuya aventura lo(s) lleva a las puertas del mundo adulto. En Sex and the city, la narración permite a la espectadora descargar sus pulsiones libidinales de compra y sexo, y quizás contribuir, en algún sentido, a empujarla a las puertas de la “liberación femenina”, pero claro, sin evitar infantilizarla y frivolizarla un poco en el camino.
Y, como en todo cuento de hadas, el amor verdadero también está presente. Big, el eterno novio, finalmente acepta casarse en la película 1. Pero Carrie, aún ligada a su atadura infantil, su fascinación por la ropa y los diseñadores exclusivos, se viste de princesa para su boda y Big, al revés del príncipe de Cenicienta, no puede reconocerla en el cristal, sino que necesita ver “su rostro desnudo”
Carrie deberá pasar por el duelo de la pérdida (aunque en un hotel lujoso de México y acompañada de sus amigas no parece tan doloroso) y cuando vuelva a New York, el mismo día de San Valentín, su amiga Miranda le confiesa que fue ella la que en un arranque de ira con su propio esposo le recomendó a Big que no se casara. Es así como la cancelación de la boda se adjudica a una causa externa a la pareja, y se asegura de que el amor “sigue impoluto”.
Por otra parte, el espectador (y no Carrie) sabe (por que el relato lo muestra) que Big se arrepintió al instante de lo que hizo y, que además, la causa por la que no se presentó fue por querer ver “la verdadera esencia de Carrie” y no su disfraz de diseño.
“Una vez que el héroe del cuento ha alcanzado su verdadera identidad al final de la historia (y, con ello, la seguridad interna en sí mismo, en su cuerpo, su vida y su posición en la sociedad), es feliz de la manera que es, y, en todos los aspectos, deja de ser algo extraordinario”
Al final, como en los cuentos, Carrie deja de preocuparse por la ropa que usa y se casa con Big “con un trajecito de ningún diseñador” Carrie aprende y propone a la espectadora acompañarla, no ya en su pasaje “de niña a mujer”, sino de “chica alocada” a “mujer que ha madurado”
Carrie Bradshaw, la del trabajo y guardarropa ideal es la protagonista, pero sus amigas la duplican, con sutiles diferencias, que permiten a la espectadora, “identificarse en grupo”: “nosotras somos iguales a las chicas de Sex and the city”. Aunque claro, la identificación, sino imposible, ha de reconocerse idealizada: nadie puede llevar una vida bohemia y tener 100 pares de zapatos de 400 dólares.
En la película 2 de la saga, en la escena del casamiento al inicio del film, se tematiza la identificación-fascinación que muchas mujeres afirman sentir con los personajes.
Big y Carrie miran a las otras parejas bailar, y una pareja joven se les acerca para contarles que la chica es igual a Carrie, en todo se le parece, trabajo, ropa, vida sexual. Y ahora están casados como ellos, y piensan tener un bebé. Entonces Carrie y Big les cuentan que ellos decidieron no tener hijos. Con esta información, la pareja huye despavorida: no pueden comprender la ruptura de la identificación, tan perfecta.
De algún modo, la narración intenta proponer en Carrie un tipo de mujer que puede casarse (no sin entrar en conflicto con esa decisión “tradicional”), pero que puede así mismo “sostener sus principios” en el plano de la maternidad.
Es que la Voz ( o su posibilidad) femenina es uno de los tópicos paradigmáticos que se ponen en juego en la serie y que se explicita también en las películas.
La voz over de Carrie se intercala y relata cada uno de los episodios de la serie. Las cosas van sucediendo y ella las describe, opina, adelanta. Porque cada episodio es un episodio de la serie Sex and the city que el espectador ve pero, al mismo tiempo, ese relato, es lo que escribe Carrie en su columna del diario. Lo que nos muestran en cada episodio está sucediendo en ese momento pero, al mismo tiempo, ya ha sucedido en la historia y, a su vez, sucederá: mañana será leído en el diario.
De más esta decir entonces que todo el relato está atravesado por el punto de vista de Carrie (que relata escenas en las que nunca estuvo ni podría haber estado presente), relativizándose así, ya desde la estructura de la narración, la verosimilitud de la historia, que bien podría estar maquillada entonces, de la pluma del personaje que compone para su escritura, la periodista.
En el caso de las películas, en la 1, todo el relato –todo el film- pertenece a la pre-historia, excepto la primera escena, que nos muestra el libro de Carrie que justamente trata de lo que estamos por ver.
Lo mismo sucede en la película 2. En la escena que ya citamos, en la que Big y Carrie hablan con la otra pareja, Big dice que no piensan tener hijos, pero que Carrie “dará a luz un nuevo libro” que trata sobre el matrimonio. Es decir, un libro que relata lo que ocurre, ocurrió y ocurrirá en el film.
En la película 2 también se tematiza de modo directo la cuestión de la voz femenina.
Las 4 amigas viajan a Abu Dhabi, el lugar más in de los Emiratos Árabes. A Carrie le llama la atención el tema de los velos en el rostro de las mujeres: “es como si quisieran que no tuvieran voz”. Sin embargo, el personaje puede comprender que también en Occidente la boca de las mujeres puede querer taparse: un abogado no deja hablar a Miranda en el estudio; un crítico literario sanciona su libro.
Al final de la película, cuando las 4 amigas deben escapar de los hombres que las persiguen porque Samantha cometió una transgresión en público, un grupo de mujeres árabes las salvan refugiándolas en un cuarto secreto. “Como pueden soportar no poder expresarse libremente?” Entonces las mujeres descubren sus ropas orientales y por debajo de ellas aparecen las colecciones de los diseñadores occidentales más famosos. Es decir, debajo de Oriente esta New York, que de pronto parecería desterritorializarse, para convertirse en la metáfora de la comunicación femenina.
Por que los Emiratos Árabes? Quizás porque Medio Oriente, sea lo único que pudo romper con la magia de Nueva York y amenazar con el fin de ese mundo feliz.
Y quizás, si la serie se reeditara, ya que Carrie ya logró realizar su pasaje de soltera alocada a mujer asentada, entonces debiera transitar el pasaje de mujer asentada a mujer de política.
Porque si es verdad que, como en los cuentos de hadas, la espectadora femenina puede, mirando Sex And the City, imaginarse sin culpas rodeada de vestidos y amantes, también nos preguntamos –como la misma narración lo hace en la película 2- si esa identificación no tiene estructurales puntos de ruptura:
"La pequeña estrella debe simbolizar a la empleada, pero de tal forma que para ella, a diferencia de la verdadera empleada, el abrigo de noche parezca hecho a medida. De ese modo, la estrella no sólo encarna para la espectadora la posibilidad de que también ella pudiera aparecer un día en la pantalla, sino también, y con mayor nitidez, la distancia que las separa. Sólo a una le puede tocar la suerte, sólo uno es famoso, y, pese a que todos tienen matemáticamente la misma probabilidad, ésta es para cada uno tan mínima que hara bien en cancelarla enseguida y alegrarse en la suerte del otro, que bien podría ser él mismo y, que, con todo, nunca lo es" (T. Adorno y M. Horkheimer, Dialéctica de la Ilustración)
